Manifiesto del grupo «Prometeo Comunista»
I. Prólogo El “Manifiesto del Partido Comunista” de Karl Marx y Friedrich Engels fue el primer documento programático histórico del partido revolucionario del proletariado mundial. Y fue precisamente en virtud del carácter programático del manifiesto que las tesis que constituyen su núcleo, su esencia, no se referían directamente a la época de su publicación, sino que describían las condiciones y fijaban los objetivos a largo plazo en los que debía desarrollarse el movimiento comunista. “Prometeo Comunista” no ha surgido de la nada: la base de nuestra actividad es la continuidad y el desarrollo del núcleo programático del “Manifiesto del Partido Comunista”. Marx y Engels declaraban: «los comunistas pueden resumir su teoría en esta fórmula única: abolición de la propiedad privada». El desarrollo del capitalismo creó las premisas objetivas necesarias para la realización de esta tesis: «la propiedad privada burguesa moderna es la última y más acabada expresión del modo de producción y de apropiación de los productos que reposa sobre los antagonismos de clase, sobre la explotación de los unos por los otros». En “La ideología alemana”, los fundadores del comunismo científico señalaron que «a esta propiedad privada moderna corresponde el Estado moderno». De esto se deduce que la abolición de la propiedad privada exige la abolición del Estado. ¿Quién debe llevar a cabo esta tarea? En el prefacio a la edición inglesa del Manifiesto de 1888, Engels —subrayando que así lo habían pensado siempre junto con Marx— da una respuesta inequívoca: «la emancipación de la clase obrera debe ser obra de la clase obrera misma». Y si los propios Marx y Engels vivieron en un período en el que los hechos sociales fundamentales y las tareas del movimiento obrero plasmadas en el “Manifiesto” se encontraban, en el mejor de los casos, en una fase embrionaria, nosotros vivimos por primera vez en una época en la que todas estas tesis pueden considerarse, sin reserva alguna, como el programa del partido comunista mundial.
II. El carácter de nuestra época Con la culminación de la formación del mercado mundial, el capitalismo ha cumplido su función histórica. La época de las revoluciones burguesas y de la formación de los mercados nacionales, de la burguesía nacional y de los Estados nacionales ha terminado. La sociedad burguesa contemporánea se encuentra en su fase superior, imperialista, caracterizada por la reacción en todos los frentes. Desde la etapa ascendente y progresista de su desarrollo, el capitalismo ha girado hacia una inevitable y aterradora decadencia, algo que ya estaba claro para los marxistas revolucionarios de la época de Vladímir Lenin y Rosa Luxemburgo. En nuestra época contemporánea, ha creado no solo fuerzas productivas gigantescas, que son la premisa objetiva para su superación, sino también fuerzas destructivas colosales, capaces de aniquilar a la humanidad. La tarea de la clase obrera, encabezada por su vanguardia, el partido comunista mundial, se reduce hoy a destruir el capitalismo, impidiendo que arrastre consigo al abismo a toda la humanidad. Comunismo o barbarie: tal es la alternativa. A pesar de que todas las fuerzas del viejo mundo ignoran este hecho, en las entrañas de la sociedad capitalista recorre el fantasma del comunismo. Independientemente de la debilidad de los comunistas modernos —los exponentes conscientes de un proceso inconsciente— madura la revolución comunista, que deberá destruir la división de la sociedad en clases y la propiedad privada en la que se basa. Esta tarea no puede resolverse sin que las amplias masas de la clase obrera adquieran una conciencia comunista, y esto «solamente puede conseguirse mediante un movimiento práctico, mediante una revolución; y que, por consiguiente, la revolución no sólo es necesaria porque la clase dominante no puede ser derrocada de otro modo, sino también porque únicamente por medio de una revolución logrará la clase que derriba salir del cieno en que se hunde y volverse capaz de fundar la sociedad sobre nuevas bases» (“La ideología alemana”).
III. El Partido Las ideas dominantes de cualquier sociedad de clases son las ideas de la clase dominante. En la sociedad moderna domina la burguesía, y por eso, incluso entre los trabajadores asalariados, las ideologías burguesas dominan en todas partes. «Para superar la idea de la propiedad privada basta la idea del comunismo. Para superar la propiedad privada real se requiere una acción comunista real», afirmaba Marx ya en los “Manuscritos económicos y filosóficos de 1844”. Así, una verdadera crítica de las ideas burguesas solo es posible en el marco de un movimiento práctico real, en el proceso de la revolución comunista. Este movimiento práctico debe ser encabezado por el partido comunista mundial. Tal partido no existe en la actualidad. No nos consideramos ese partido ni siquiera su único embrión. Consideramos nuestra actividad como parte del movimiento práctico hacia el comunismo, como la lucha por la creación de este partido, y nuestro manifiesto solo como uno de los pasos necesarios en el camino hacia su creación. En 1999, desde las páginas de nuestro periódico Komsa, declarábamos: «Estamos dispuestos a colaborar con todos aquellos que no de palabra, sino de hecho, libran la lucha por la emancipación del proletariado del poder de la burguesía; con todos los que se sitúan en las posiciones del marxismo revolucionario clásico, independientemente de la organización en la que se encuentren estas personas. Nuestra posición sigue siendo la misma: el proletariado no tiene hoy su propio partido, nos enfrentamos a la urgente necesidad de crearlo. Tal es la tarea práctica inmediata de nuestra organización». Esta tarea sigue siendo vigente hoy en día. Lo expuesto no contradice el hecho de que han existido y siguen existiendo grupos de revolucionarios, a menudo poco numerosos y a veces reducidos literalmente a individuos aislados, que mantienen su adhesión al marxismo revolucionario intransigente, asegurando su pureza científica y su continuidad en el tiempo; y en este sentido, trazamos nuestro linaje desde Marx y Engels, los bolcheviques encabezados por Lenin, la Internacional Comunista del período de los dos primeros congresos, la Izquierda Comunista Italiana y los grupos comunistas rusos “postsoviéticos” que opusieron sus ideas al pseudomarxismo: la ideología del falso socialismo de la URSS, que merecida e inevitablemente ha pasado al olvido. El motivo de la ausencia del partido comunista mundial no puede explicarse por otra cosa que por la ausencia de las condiciones necesarias. «Las condiciones de vida que las diferentes generaciones encuentran en su existencia deciden también si las conmociones revolucionarias que periódicamente se repiten en la historia serán o no lo suficientemente fuertes para derrocar la base de todo lo existente; y si no se dan estos elementos materiales de una conmoción total, o sea, de una parte, las fuerzas productivas existentes y, de otra, la formación de una masa revolucionaria que se levante, no sólo en contra de ciertas condiciones de la sociedad anterior, sino en contra de la misma “producción de la vida” vigente hasta ahora, en contra de la “actividad de conjunto” sobre la que descansa, resulta absolutamente indiferente para el desarrollo práctico que la idea de esta conmoción haya sido proclamada ya cientos de veces, como lo demuestra la historia del comunismo» (“La ideología alemana”). En la misma obra, los fundadores del comunismo científico escriben: «La forma de esta organización depende, naturalmente, de las necesidades ya desarrolladas, y tanto la generación como la satisfacción de estas necesidades es en sí misma un proceso histórico». En el seno de la clase de los trabajadores asalariados debe madurar y desarrollarse la necesidad de llevar a cabo la revolución comunista. Nuestra tarea es coadyuvar a ello. El medio en el que se desarrolla el proceso de maduración de la conciencia comunista no se limita a las relaciones económicas entre el capitalista y el proletario, es decir, a las relaciones en el proceso de producción y apropiación de la plusvalía. Este proceso abarca el conjunto de las relaciones en el marco de la formación económico-social capitalista. El desarrollo de la conciencia comunista se produce «no tanto en virtud de su “origen económico”» de los trabajadores asalariados, «sino en el curso de la lucha de clases», que siempre es una lucha política. Con esta tesis, en 1999 marcamos una línea divisoria entre nosotros y los partidarios de las tendencias obreristas y economicistas. Así pues, existe una clase «que se ve obligada a soportar todos los inconvenientes de la sociedad sin gozar de sus ventajas», y esto la sitúa inevitablemente en la más resuelta contradicción con la clase burguesa dominante; hoy en día, «que forma la mayoría de todos los miembros de la sociedad y de la que nace la conciencia de que es necesaria una revolución radical, la conciencia comunista»; pero todo esto es solo una condición necesaria, aunque insuficiente, para la revolución comunista. La evolución de los trabajadores asalariados desde individuos fortuitos a exponentes conscientes del proceso inconsciente «se operan de un modo natural y espontáneo», «no están subordinadas a un plan general de individuos libremente asociados», este desarrollo se produce «muy lentamente», «las distintas fases y los diversos intereses no se superan nunca del todo». Los comunistas solo pueden conferir a este proceso un carácter más planificado y organizado.
IV. El método La base teórica del partido comunista mundial es el marxismo. David Riazánov, en su historia de la Liga de los Comunistas, escribió: «Marx y Engels encontraron, finalmente, la síntesis entre la “política” y el socialismo y al mismo tiempo la respuesta a la pregunta de cómo fusionar el movimiento obrero y el socialismo, que hasta entonces habían seguido caminos diferentes. Resultó que el socialismo o el comunismo es la forma superior del movimiento obrero […], que el comunismo sólo puede ser realizado por el movimiento obrero, que la única clase que puede y debe, por su situación, asumir la realización del comunismo, es el proletariado. De aquí se deducía por sí misma la tarea: llevar a la lucha de clases del proletariado la luz de la conciencia de sus fines y organizar al proletariado en un partido político especial. ¡No el alejamiento de las tareas de la actualidad, no el intento de encerrarse en una celda sectaria, sino la intervención en todos los fenómenos de la vida social, el estudio atento de la realidad y la participación activa en todas las esferas de la vida social!» Esto se dijo en una época en la que la burguesía aún no había resuelto todas las tareas históricas que tenía ante sí: la época de las revoluciones burguesas. El punto culminante de esta época fue la Revolución de Octubre en Rusia.
V. Los destinos históricos del capitalismo Toda la historia escrita de la sociedad humana que ha llegado hasta nosotros es una historia de lucha de clases. Desde los primeros grandes levantamientos de esclavos hasta la caída del régimen esclavista pasaron más de quinientos años. El período histórico que comenzó con los primeros grandes levantamientos campesinos antifeudales y concluyó con la afirmación mundial del capitalismo abarca también más de quinientos años. Las primeras grandes sublevaciones del protoproletariado (oficiales gremiales, plebeyos urbanos, obreros manufactureros) tuvieron lugar en el período de transición de la Edad Media a la Edad Moderna. En 1378 se produjo en Florencia la revuelta de los Ciompi: jornaleros no cualificados de las manufacturas de paños. La Revolución burguesa inglesa engendró los movimientos de los Levellers y los Diggers, de carácter proletario. La Revolución Industrial de finales del siglo XVIII y principios del XIX fue acompañada de movimientos que ya pueden denominarse propiamente revueltas obreras contra las condiciones de trabajo capitalistas: el movimiento ludita (Inglaterra, principios del siglo XIX), la rebelión de los tejedores de seda de Lyon (Francia, 1831 y 1834). Así, el movimiento práctico hacia el comunismo se desarrolla en el tiempo y el espacio, pasando por diversas etapas, resolviendo diversas tareas concomitantes y superando diversos obstáculos. Cuánto tiempo pasará aún hasta la abolición de la propiedad privada, no lo sabemos, pero sí sabemos con certeza que las teorías que predicen el colapso “automático” del capitalismo o señalan sus límites “objetivos” concretos son anticientíficas. Tales son las teorías del hundimiento del capitalismo debido a la caída crítica de la tasa de ganancia o al agotamiento del entorno no capitalista. Al mismo tiempo, el desarrollo del capitalismo ya no solo frena el desarrollo de las fuerzas productivas, sino que cada vez más las destruye en catastróficas crisis de superproducción, agudizando la lucha por los mercados y el nuevo reparto del mundo entre los Estados imperialistas. En el fuego de estas crisis y guerras, el capitalismo se “rejuvenece”, como la mítica ave fénix, abriendo nuevos ciclos de acumulación de capital. El proletariado no tiene otra vía hacia la emancipación que la destrucción del modo de producción capitalista.
VI. La difusión del marxismo También en el espacio y en el tiempo se produce el desarrollo y la difusión del marxismo: desde Europa continental se extiende a Gran Bretaña; con los emigrantes europeos penetra en América del Norte; gracias a los estudiantes matriculados en universidades europeas y a los viajeros de familias aristocráticas, la intelectualidad avanzada de Rusia conoce las obras de Marx; más tarde, las ideas del comunismo científico se abrirán paso también en Asia. Lenin vinculó la difusión del marxismo a tres grandes períodos de la historia universal: «1) De la revolución de 1848 a la Comuna de París (1871). 2) De la Comuna de París a la revolución rusa (1905). 3) De la revolución rusa en adelante». El primer período duró 23 años, el segundo 34, y el tercero, que comenzó con la Primera Revolución Rusa, aún no había concluido en el momento en que Lenin escribió su artículo.
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El primer período El primer período es el tiempo en el que el socialismo se abría camino desde la utopía hasta la ciencia. Habiendo comenzado como «una de las extraordinariamente numerosas fracciones o corrientes del socialismo», el marxismo se abría paso a través de «la incomprensión de la base materialista del movimiento histórico, la incapacidad para discernir el papel y la importancia de cada clase de la sociedad capitalista, el encubrimiento de la esencia burguesa de las reformas democráticas con diversas frases seudosocialistas sobre el “pueblo”, la “justicia”, el “derecho”». A este período corresponden las revoluciones burguesas europeas de 1848 y la Comuna de París de 1871. Hacia el final de este período «nacen los partidos proletarios independientes: la Primera Internacional (1864-1872) y la socialdemocracia alemana». Las cumbres de la época de las revoluciones burguesas y, simultáneamente, el prólogo de las revoluciones proletarias, fueron la Comuna de París y la Primera Revolución Rusa (1905-1907). En la Comuna de París, el proletariado, como escribió Marx, descubrió por fin la forma política histórica bajo la cual la clase de los trabajadores asalariados podía llevar a cabo su emancipación económica. La Comuna de París se convirtió en el prototipo de la dictadura del proletariado, un semi-Estado cuyo propósito no era simplemente apoderarse de la vieja maquinaria estatal burguesa, sino destruirla. En la Primera Revolución Rusa, el proletariado fue dirigido por un partido marxista, y los Sóviets, creados por la propia clase de los trabajadores asalariados, fueron el desarrollo y la continuación de la forma política histórica que había sido la Comuna de París. Esta forma se materializaría luego tanto en la Revolución de 1917 en Rusia como en las Revoluciones de 1918-1919 en Alemania y Hungría.
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El segundo período El segundo período «se distingue del primero por su carácter “pacífico”, por la ausencia de revoluciones. En Occidente, las revoluciones burguesas han terminado. El Oriente aún no está maduro para ellas». «Los partidos socialistas, de base proletaria» que surgen en los países de Europa Occidental «aprenden a utilizar el parlamentarismo burgués, a crear su prensa diaria, sus instituciones culturales, sus sindicatos, sus cooperativas. La doctrina de Marx obtiene un triunfo completo y se va extendiendo». Es precisamente en esta etapa del largo desarrollo “pacífico” del capitalismo cuando «el liberalismo, interiormente podrido, intenta reanimarse bajo la forma de oportunismo socialista». Los revisionistas como Eduard Bernstein «predican cobardemente la “paz social” […], la renuncia a la lucha de clases, etc. Tienen muchísimos partidarios entre los parlamentarios socialistas, los diversos funcionarios del movimiento obrero y la intelectualidad “simpatizante”». Pero estos mismos años, que en Europa Occidental fueron una época de desarrollo “pacífico” y gradual del capitalismo, representaron en Oriente una época de desarrollo capitalista tumultuoso. Este desarrollo contradictorio y desigual del capitalismo preparaba «un nuevo manantial de grandiosísimas tormentas mundiales en Asia». «Nosotros vivimos precisamente en la época de estas tormentas y de su “repercusión” en Europa», escribía Lenin. De este modo, se cumplía la previsión científica de Marx, quien escribió el 27 de septiembre de 1877 que «la revolución comenzará esta vez en el Oriente, que ha sido hasta ahora el baluarte inexpugnable y el ejército de reserva de la contrarrevolución». Huelga decir que se trataba de una revolución democrático-burguesa. «Tras Asia, ha comenzado a agitarse también Europa, aunque no al modo asiático. […] Los furiosos armamentos y la política del imperialismo hacen de la Europa actual una “paz social” que se parece más bien a un barril de pólvora», escribe Lenin. El capitalismo había entrado en su fase superior: la fase del imperialismo.
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El tercer período El significado histórico-mundial del tercer período de difusión del marxismo consiste ante todo en que convirtió al proletariado en la fuerza dirigente, incluso en las revoluciones burguesas, y lo que es más importante, marcó el inicio de las revoluciones comunistas proletarias. El acontecimiento principal de alcance histórico mundial de este período fue la Revolución de Octubre en Rusia. La conjunción de dos crisis —la crisis interna de poder del gobierno provisional burgués y la crisis externa, en forma de una prolongada primera guerra imperialista— llevó a que la revolución proletaria tuviera que resolver simultáneamente dos tareas: culminar la revolución burguesa en el interior del país y abrir el camino a la revolución mundial. El punto culminante en la resolución de esta segunda tarea fue la creación de la Internacional Comunista, el Estado Mayor de la revolución mundial. La Revolución de Octubre tuvo así un doble carácter: al destruir los vestigios del feudalismo, resolvía las tareas que la burguesía ya no podía ni quería resolver, y al mismo tiempo intentaba abrir el camino hacia la revolución comunista mundial. Al asalto de los cielos en Rusia de Octubre le siguieron las revoluciones en Alemania, Hungría y Finlandia, y comenzó el proceso de formación de partidos comunistas en varios países del mundo. Esta ola revolucionaria sin precedentes fue barrida por una contrarrevolución de fuerza colosal. Durante las décadas de 1920 y 1930, el estalinismo en Rusia, la socialdemocracia y luego el nazismo en Alemania, y el fascismo en varios países de Europa ahogaron en sangre la primera revolución comunista mundial. La incomprensión de este doble carácter de Octubre fue uno de los componentes de la visión errónea de los mencheviques. Basándose en el punto de vista unilateral de que la economía de Rusia en aquel momento sufría no por la influencia predominante de la burguesía capitalista imperialista, sino por el insuficiente desarrollo de las fuerzas productivas, los mencheviques consideraban que la clase obrera rusa, si bien debía desempeñar un papel sin precedentes en la organización de la vida económica y política —especialmente en la “defensa”— e incluso en el ulterior desarrollo del sistema capitalista, no debía tomar todo el poder ni intentar construir el socialismo, ya que esto habría sido prematuro. Al proletariado se le asignaba el papel de empujar en dirección progresista a la burguesía rusa, la única clase que, en opinión de los mencheviques, era capaz de dirigir la solución de las tareas económicas y políticas candentes. Como escribió Yuli Mártov en 1917, ya después de la toma del poder por los bolcheviques: «Intentar implantar el socialismo en un país económica y culturalmente atrasado es una utopía insensata». En esta visión faltan dos componentes cruciales de una estrategia revolucionaria verdaderamente científica: en primer lugar, tener en cuenta el hecho empírico de que, en el momento del advenimiento de la época de las revoluciones en Rusia, la burguesía de los países capitalistas dominantes se había vuelto completamente contrarrevolucionaria, es decir, incapaz de desempeñar el papel dirigente en la revolución burguesa, dispuesta a traicionar los intereses de su mejor aliado en la lucha contra el feudalismo: el campesinado. De este hecho se debía extraer la única conclusión correcta para la táctica del proletariado: le era indispensable atraer como aliado al campesinado, sometido a un doble yugo (del feudalismo y del capitalismo), utilizar esa faceta de su dualidad que es su razón y no su prejuicio, su futuro y no su pasado (esta fue precisamente la idea que expresó Engels en “El problema campesino en Francia y en Alemania”). Marx y Engels, a diferencia de los mencheviques, lograron incorporar este elemento fundamental en la estrategia del proletariado. En la obra “Revolución y contrarrevolución en Alemania”, Engels presentó, sobre la base de un vasto material fáctico, un análisis de la revolución alemana (1848-1849) y desarrolló las tesis expresadas por él y por Marx ya en la época de la propia revolución: el leitmotiv del análisis es la incapacidad de la burguesía liberal alemana para desempeñar el papel dirigente en la revolución burguesa. La correlación de fuerzas hipotéticamente favorable para el proletariado fue expresada reiteradamente por Marx y Engels en forma de fórmulas compactas: «la revolución proletaria obtendrá el coro sin el cual su solo se convierte, en todas las naciones campesinas, en un canto del cisne»; o bien: «Todo en Alemania dependerá de la posibilidad de respaldar la revolución proletaria con alguna segunda edición de la guerra campesina. Entonces todo irá de maravilla». Sin embargo, a mediados del siglo XIX las condiciones formaron una combinación desfavorable para el proletariado, y, en opinión de los clásicos, fue precisamente el hecho de que la burguesía contrarrevolucionaria, y no el proletariado revolucionario, lograra arrastrar tras de sí a las masas campesinas, la causa principal de que las revoluciones de la Primavera de los Pueblos de 1848-1849 no fueran radicales, no se llevaran hasta el final ni siquiera en el sentido burgués, por no hablar de que abrieran la perspectiva para la realización de la estrategia comunista internacionalista del proletariado. Pero estas condiciones sí se dieron medio siglo después en Rusia, y no aprovecharlas no habría sido otra cosa que la traición a la clase por parte del partido que pretendía expresar sus intereses. En segundo lugar, los mencheviques carecían de la comprensión de la necesidad de concebir la lucha de cualquier destacamento nacional del proletariado como subordinada a los intereses de la clase mundial en su conjunto. Los bolcheviques legaron a las generaciones posteriores de combatientes revolucionarios una experiencia inestimable: el proletariado creó por primera vez un Estado Mayor operativo de la revolución mundial; por primera vez unió —en la realidad, y no en declaraciones o anhelos morales— a los diversos destacamentos de la clase en todo el mundo; por primera vez convirtió a la clase obrera en sujeto de las relaciones internacionales. Pero todo esto podría no haber existido si los obreros rusos hubieran seguido a los mencheviques y renunciado voluntariamente a la toma del poder. Pero la derrota de la primera revolución comunista mundial no puede refutar la justeza del marxismo, del mismo modo que no puede refutar la lógica del desarrollo histórico y social. El final del tercer período puede situarse convencionalmente en 1925, cuando, en virtud de los resultados de la XIV Conferencia del PCR(b), se consolidó el paso del rumbo hacia la revolución comunista mundial al rumbo de la construcción del socialismo en un solo país. Los últimos destellos de este período fueron la guerra civil española de 1936-1939. La segunda guerra imperialista mundial que le siguió estuvo acompañada únicamente de levantamientos independientes, fragmentados y de fuerza y alcance limitados por parte del proletariado, en los cuales desempeñaron un papel central aquellos que habían participado en la oleada revolucionaria de 1917-1923 y en la subsiguiente lucha contra la contrarrevolución burguesa. La ola contrarrevolucionaria y las posteriores décadas de dominio de la burguesía engendraron no solo monstruos de la reacción capitalista, sino también muchas de las más o menos influyentes ideologías del falso socialismo: estalinismo, maoísmo, castrismo y guevarismo, juche, chavismo, etc. Todas ellas surgieron en su época como ideologías burguesas de “desarrollo de alcance”, destinadas a acompañar la centralización y la aceleración del desarrollo capitalista de los respectivos países atrasados, y en la actualidad han ocupado su merecido lugar en la periferia del cementerio de una multitud de ideologías burguesas, del cual las más diversas facciones de la burguesía extraen sus “ideas”. Otro componente de estas ideologías, que las aproxima, por ejemplo, al populismo ruso (los naródniki), fueron elementos de socialismo utópico, destinados a involucrar a las amplias masas en la construcción del capitalismo que tenía lugar en la realidad, y a ocultarlo tras frases sobre la mítica “construcción del socialismo”. Paralelamente, se mantuvieron fragmentos del asalto a los cielos revolucionario de la segunda mitad de la década de 1910 y principios de la de 1920: corrientes proletarias que intentaron defender el marxismo en condiciones de una represión generalizada. Pero no lograron realizar una retirada organizada, conservar a los escasos cuadros, ofrecer un análisis científico de las batallas sociales en curso e inminentes, ni crear un núcleo que pudiera convertirse en el sucesor del partido mundial del proletariado. En última instancia, llegaron a un callejón sin salida. La más conocida de estas corrientes es el trotskismo, que en la actualidad ni siquiera posee una teoría unificada y ha degenerado al nivel de ideologías pequeñoburguesas, que no trascienden el marco de determinadas reivindicaciones nacionales o alianzas interclasistas. A pesar de que no cuestionamos la disposición subjetivamente revolucionaria de León Trotsky ni sus méritos ante la clase del proletariado, la honestidad científica exige reconocer que las semillas del trotskismo contemporáneo fueron plantadas por los errores teóricos y políticos del propio Trotsky. Sin embargo, existieron también corrientes proletarias, fundamentalmente en Italia, que lograron al menos preservar el hilo del marxismo y preparar el terreno para las futuras generaciones de revolucionarios. Su principal logro fue un análisis básicamente correcto de la naturaleza socioeconómica de los Estados similares a la URSS estalinista: son Estados burgueses, que brotan sobre la base de una economía capitalista.
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El cuarto período (actual) Las condiciones actuales difieren sustancialmente de aquellas que observaron los clásicos del marxismo al trazar la siguiente lógica del desarrollo social: los rápidos ritmos de desarrollo capitalista iban acompañados de una aguda exacerbación de las contradicciones de clase, la situación de las masas proletarias se volvía cada vez más insoportable, y esto generaba un crecimiento de la lucha de clases espontánea. A los marxistas entonces solo les correspondía fusionar el movimiento obrero y el socialismo. Actualmente, vemos altos ritmos de desarrollo capitalista, acompañados del crecimiento de la producción industrial, la descomposición del campesinado y la migración de la población a las ciudades, en el sudeste asiático y en África; pero incluso allí, este proceso ya ha terminado o se está ralentizando. Desde luego, no cabe esperar un crecimiento de la lucha de clases espontánea de los trabajadores asalariados en las metrópolis imperialistas desarrolladas a corto plazo. Las condiciones actuales en todos los Estados imperialistas desarrollados son similares a las que ya se observaban en la segunda mitad del siglo XIX en los países de vanguardia del desarrollo capitalista: Inglaterra y Estados Unidos. Ya en 1907, Lenin les dio una caracterización exhaustiva. El proletariado no muestra «casi de toda independencia política. La arena política de estos países –con una ausencia casi absoluta de tareas históricas democrático-burguesas– estaba totalmente ocupada por una burguesía triunfante y engreída, que en el arte de engañar, corromper y sobornar a los obreros no tiene igual en el mundo». Hoy existe una estratificación de los trabajadores asalariados más compleja en comparación con el capitalismo del siglo XIX y principios del XX; en los países de capitalismo desarrollado va acompañada del crecimiento del parasitismo y de la aristocracia obrera, la expansión de los estratos propietarios entre los asalariados y la familia con múltiples fuentes de ingresos; una productividad del trabajo relativamente alta hace que haya muchos menos obreros concentrados simultáneamente en las empresas industriales que en la época anterior; se produce una convergencia de los ingresos de los obreros asalariados y de los estratos intermedios, y un sistema de transporte y un parque de viviendas más desarrollados difuminan (pero no eliminan) la división de los barrios de residencia en “obreros” y burgueses; la producción, difusión y consumo de la ideología dominante (redes sociales, streaming, Internet en general) ha adoptado formas más sofisticadas; el imperialismo ha creado un Estado “social” desarrollado. Es precisamente a esto a lo que se debe la ausencia de un movimiento obrero de masas y la extrema debilidad de la minoría revolucionaria en los centros del desarrollo imperialista (sobre cuya clase obrera recae la tarea histórica de desempeñar un papel clave en la revolución comunista), lo que hace imposible, a corto y medio plazo, la perspectiva de una revolución comunista victoriosa. Al mismo tiempo, la acumulación originaria del capital (es decir, la separación del productor directo de los medios de producción) ha concluido en todo el mundo en la última esfera donde aún podía producirse: la esfera agraria. En la segunda mitad del siglo XX, la descomposición del campesinado concluyó en su mayor parte. Hoy en día, no existe como clase de la época precapitalista en proporciones que pudieran tener alguna trascendencia mundial. La revolución agraria ha terminado. La producción agrícola se ha convertido en un sector más de la economía capitalista. La época de las revoluciones burguesas ha terminado, y con ella han quedado en el pasado las guerras de liberación nacional y los movimientos anticoloniales. Todo esto ha privado a los comunistas de la posibilidad de complementar la insurrección proletaria con una nueva edición de la guerra campesina o con un movimiento de liberación nacional. La clase moderna de los trabajadores asalariados deberá llevar a cabo la revolución comunista mundial en unas condiciones históricas nuevas y sin precedentes. Al mismo tiempo, por primera vez en la historia, le corresponderá realizar el programa comunista, sin límites y sin adulteraciones: el programa de la abolición de la propiedad privada. La realización de este programa abrirá el camino desde la forma superior y última de la producción mercantil —el capitalismo— al trabajo organizado comunistamente, es decir, directamente social, que excluye la posibilidad de convertir el producto del trabajo social en mercancía. La abolición de la propiedad privada implica la abolición de la producción de mercancías como tal. Y aquí cabe señalar dos aspectos importantes que se derivan del análisis científico del capitalismo realizado por el marxismo: 1) a este objetivo no conducen las medidas para atenuar determinadas manifestaciones negativas particulares mediante la nacionalización, la regulación estatal y la corrección de los “fallos” del mercado, la expansión del “Estado de bienestar”, etc.; 2) entre la producción mercantil, es decir, capitalista, y la producción planificada, es decir, comunista, no puede existir ningún sistema económico “intermedio”, ninguna “tercera vía”. Debido a que en la sociedad moderna existe un nexo social constante y no accidental sobre la base anárquica de la producción, que en la superficie se manifiesta en la difusión generalizada del dinero, entonces cualquier modo de producción que conserve este carácter anárquico y mercantil de la base y, en consecuencia, el dinero, será descrito por la teoría de Marx, es decir, será capitalista: simplemente por definición, independientemente de la denominación que reciba en los habituales y “nuevos” o viejos mantras ideológicos: “socialismo real”, “monocapitalismo”, “totalitarismo”, “capitalismo de Estado”, “colectivismo burocrático”, “modo de producción neoasiático”, “neofeudalismo”, etc. Como demostró Lenin en su polémica con Kautsky y Bujarin, es imposible un capitalismo hipotético en el que solo quedara un único capitalista global encarnado en una corporación estatal o privada, que hubiese suprimido definitivamente la competencia de otras fracciones. En la actualidad, ninguna de las fracciones de la burguesía puede, en principio, ofrecer una solución a los problemas fundamentales a los que se enfrenta la humanidad. De este modo, el único interés verdaderamente general de la burguesía moderna es la conservación del modo de producción existente. Indudablemente, la escisión de la burguesía —la clase dominante de la sociedad capitalista— es un fenómeno objetivo. Está dividida en la lucha por la apropiación de la plusvalía y, por tanto, en principio no puede estar unida. Pero está unida por el interés común de clase de preservar el orden social en cuyo marco podrá seguir apropiándose de la plusvalía. Todas las envolturas políticas modernas están completamente formadas y son totalmente adecuadas al modo de producción establecido. Las diferencias entre los partidos de “derecha” e “izquierda”, así como entre los regímenes “democráticos” y “dictatoriales”, son de carácter particular y cosmético. El parlamento (y otros órganos representativos) es un vestigio disfuncional incluso para la burguesía, ya que la lucha de sus fracciones y la adopción de las decisiones fundamentales tienen lugar en los órganos del poder ejecutivo y monetario. Mucho menos lo necesita el proletariado, ya que no puede desempeñar ni siquiera el papel de tribuna de nuestra clase. No fue así en la época de las revoluciones burguesas, que luchaban contra las supervivencias medievales. Entonces los comunistas apoyaban la lucha por la democracia burguesa, puesto que creaba las condiciones para el desarrollo capitalista acelerado y, en consecuencia, era una etapa necesaria e ineludible en el camino hacia el pleno despliegue de la lucha del proletariado sobre un terreno moderno, es decir, capitalista. La participación del proletariado en esta lucha era lo único que podía conferirle el carácter más consecuente y pleno, así como acelerar considerablemente el logro de sus resultados. Nuestra época plantea por primera vez al proletariado y a su partido comunista mundial la tarea de cumplir única y exclusivamente sus propias tareas puramente comunistas. Por eso, el partido comunista no puede entrar en ningún bloque interclasista, coaliciones electorales, alianzas interpartidistas, comités de coordinación, etc. Pero siempre hemos saludado y saludaremos a los desertores de la clase burguesa que emprenden el camino de la revolución comunista mundial. Siguen el único camino correcto: el camino de Marx, Engels, Lenin.
VII. El capitalismo engendra guerras La mercancía es la célula económica de la sociedad capitalista. De esta célula brotan inexorablemente todos sus rasgos inherentes: la competencia por todos los medios posibles, la miseria y la manifestación suprema de las contradicciones del capitalismo: las guerras imperialistas mundiales. Así, el propio desarrollo del modo de producción capitalista genera constantemente las condiciones para las guerras. Por consiguiente, el único modo de poner fin a las guerras es la abolición de la propiedad privada. Ya en “La ideología alemana”, Marx y Engels escribieron: «La gran industria universalizó la competencia […] creó los medios de comunicación y el moderno mercado mundial […]. La gran industria creó en todas partes, en general, las mismas relaciones entre las clases de la sociedad, destruyendo con ello las particularidades de las distintas nacionalidades. Y, finalmente, mientras la burguesía de cada nación sigue manteniendo sus intereses nacionales aparte, la gran industria ha creado una clase que en todas las naciones obedece a los mismos intereses y en la que ya ha sido destruida la nacionalidad; una clase que está realmente desvinculada de todo el viejo mundo y que, al mismo tiempo, se enfrenta a él». En este momento, el modo de producción capitalista ha abarcado efectivamente todo el globo terrestre, por lo que, si Marx y Engels ya crearon la Liga de los Comunistas como organización internacional, en las condiciones actuales de competencia universal los marxistas están obligados a concebirse como vanguardia proletaria mundial; de lo contrario, están condenados al localismo y a la estrechez, o, lo que es peor, a convertirse en instrumento de una de las fracciones de la burguesía, que persigue siempre determinados intereses nacionalmente limitados, inadecuados para la época contemporánea.
VIII. El carácter de las guerras en la época actual El marxismo siempre ha considerado la formación de las naciones como consecuencia de la afirmación del capitalismo y la liquidación del feudalismo; es decir, antes del comienzo de la época del capitalismo, las naciones en la acepción científica de la palabra no existían. En la Edad Media, cada uno de los Estados estaba formado por numerosos cantones y regiones autónomas con sus propias barreras aduaneras, que a menudo incluso hablaban idiomas distintos. Eran unidades económicas independientes, y sus vínculos con el poder central del Estado eran bastante débiles. El capitalismo, al destruir los vínculos comunales, gremiales, corporativos, etc., de la Edad Media, instauró en su lugar otro tipo de vínculo: el nexo en el marco de la economía mercantil, establecido por el mercado. Fue precisamente este nexo el que se convirtió en el tejido conectivo de la nación. En una de sus obras más importantes, “El derecho de las naciones a la autodeterminación” (1914), Lenin escribió: «En todo el mundo, la época de la victoria definitiva del capitalismo sobre el feudalismo ha estado ligada a movimientos nacionales. La base económica de estos movimientos consiste en que, para la victoria completa de la producción mercantil, es indispensable la conquista del mercado interior por la burguesía, es indispensable la cohesión estatal de territorios cuya población hable el mismo idioma, suprimiendo todos los obstáculos para el desarrollo de dicho idioma y para su afianzamiento en la literatura. […] Por consiguiente, si queremos comprender el significado de la autodeterminación de las naciones sin jugar a las definiciones jurídicas, sin “inventar” definiciones abstractas, sino analizando las condiciones histórico-económicas de los movimientos nacionales, llegaremos inevitablemente a la conclusión siguiente: por autodeterminación de las naciones se entiende su separación estatal de las colectividades de otra nación, se entiende la formación de un Estado nacional independiente». A causa de la desigualdad del desarrollo capitalista surgió una subvariante particular de la cuestión nacional: la cuestión colonial. Su esencia radicaba en que los países cuya burguesía había culminado fundamentalmente la liquidación de las supervivencias precapitalistas en su patria se convertían en metrópolis y protegían por todos los medios estas mismas supervivencias en los países dependientes: las colonias. Entonces los comunistas se enfrentaron a la tarea de apoyar a una parte de los movimientos democrático-burgueses en los países atrasados, porque su victoria aceleraba el desarrollo del capitalismo y, en consecuencia, acercaba la siguiente etapa de las revoluciones proletarias en todo el mundo. Sin embargo, esto no se refería a todos los movimientos democrático-burgueses, sino únicamente a los nacional-revolucionarios. Ya en el II Congreso de la Internacional Comunista, celebrado en 1920, Lenin señaló: «No cabe la menor duda de que todo movimiento nacional no puede ser sino un movimiento democrático burgués, ya que la masa principal de la población en los países atrasados la constituyen los campesinos, que son los representantes de las relaciones capitalistas burguesas. […] si hablásemos del movimiento democrático burgués, se borraría toda diferencia entre el movimiento reformista y el movimiento revolucionario. […] la burguesía imperialista hace todo lo posible por implantar el movimiento reformista también entre los pueblos oprimidos. Entre la burguesía de los países explotadores y la de los países coloniales se ha producido cierto acercamiento, de modo que muy a menudo –y tal vez hasta en la mayoría de los casos–, la burguesía de los países oprimidos, pese a prestar su apoyo a los movimientos nacionales, lucha al mismo tiempo de acuerdo con la burguesía imperialista, es decir, junto con ella, contra todos los movimientos revolucionarios y las clases revolucionarias. […] nosotros, como comunistas, sólo debemos apoyar y apoyaremos los movimientos burgueses de liberación en las colonias en el caso de que estos movimientos sean verdaderamente revolucionarios, en el caso de que sus representantes no nos impidan educar y organizar en un espíritu revolucionario a los campesinos y a las grandes masas de explotados. Si no se dan estas condiciones, los comunistas deben luchar en dichos países contra la burguesía reformista…». Y aquí cabe hacer una importante puntualización: bajo el término «atrasados», la Internacional Comunista entendía los países con un predominio en la economía de relaciones feudales o patriarcales y patriarcales-campesinas, y de ninguna manera países con una economía capitalista plenamente formada que solo cedieran ante los países punteros en el aspecto cuantitativo. Hoy en día no existen tales países atrasados a una escala significativa. Por consiguiente, desde el punto de vista del marxismo, la cuestión nacional se considera «resuelta» cuando el feudalismo en la economía de un país ha sido superado por completo y la producción se ha vuelto plenamente mercantil. A partir de ese momento comienza una nueva etapa histórica: la lucha del proletariado por la supresión de todas las naciones y fronteras estatales, por la unificación de las personas de todo el mundo en el marco de una nueva economía comunista. Naturalmente, esta concepción científica difiere de la extendida opinión filistea de que la cuestión nacional no está resuelta mientras persistan los conflictos entre Estados que representan a distintas naciones o etnias en el seno de un mismo Estado; pero la realidad es que, en este sentido, la cuestión nacional no puede, en principio, resolverse en el marco de la economía capitalista mundial. Semejante enfoque filisteo no solo es completamente inútil en el plano teórico, sino también perjudicial en la práctica, pues convierte al proletario que lo adopta en un instrumento ciego y sumiso que será inevitablemente utilizado por tal o cual fracción de la burguesía. Lo único que puede prevenir esto es la comprensión de que hoy en día las naciones están plenamente formadas, y que las guerras libradas por destacamentos individuales de la burguesía mundial (independientemente de si son países pequeños por el tamaño de su economía, países grandes, o fracciones dentro de un país), amparándose en la consigna de “guerra de liberación nacional”, son guerras de carácter imperialista de forma directa y evidente, o bien imperialistas en un sentido proxy (subsidiario), cuando la burguesía de alguna pequeña nación o una fracción de ella actúa meramente como intermediaria para lograr los objetivos de determinadas potencias imperialistas o sus bloques. En el “Manifiesto”, Marx y Engels proclamaron que los proletarios no tienen patria. Esto por sí solo implicaba la necesidad de que el proletariado luchara en primer lugar por sus propios intereses de clase a escala mundial: los intereses nacionales ya entonces se convertían en sinónimo de los intereses de las clases dominantes. Con la época imperialista, el nacionalismo ha perdido por completo cualquier contenido progresista. Como escribió Lenin: «Si las guerras nacionales de los siglos XVIII y XIX marcaron el comienzo del capitalismo, las guerras imperialistas señalan su fin». Es del todo irrelevante cuál de los destacamentos de la burguesía atacó primero: este hecho particular no altera lo principal: el carácter reaccionario de las guerras. En estas condiciones, como escribió Lenin, la división en guerras defensivas y ofensivas se vuelve obsoleta. Ninguno de los bandos en semejante conflicto lucha por quebrar el régimen capitalista arcaico y bárbaro y pasar a la siguiente etapa de la evolución social de la humanidad, y esto significa que las guerras surgirán una y otra vez. La humanidad solo tendrá la oportunidad de romper este círculo vicioso en el momento en que el proletariado desencadene la revolución mundial: la culminación total de esta guerra civil mundial pondrá fin a todas las guerras al eliminar su causa principal: la producción de mercancías. Así pues, el fenómeno típico, y no la excepción, en nuestra época imperialista es la guerra imperialista; pero lo típico no es lo único, y en la época imperialista pueden existir guerras “justas”, “defensivas”, revolucionarias: son las guerras civiles de clase, las guerras contra todas las potencias imperialistas libradas por el proletariado para establecer su propia dictadura, así como las guerras con el fin de extender la revolución a otros países. Por eso, la posición de los comunistas no tiene nada que ver con el pacifismo burgués, y la consigna general de los comunistas, aplicable a cualquier guerra de la actual época imperialista, es la clásica consigna de los espartaquistas alemanes: «El enemigo principal está en el propio país». Sin embargo, esta consigna, y la táctica del derrotismo revolucionario que la secunda, como única táctica correcta —es decir, la lucha revolucionaria de masas del proletariado de todos los países contra sus “propios” gobiernos en todas las guerras imperialistas—, solo pueden llevarse a la práctica si existe un movimiento de masas de la clase obrera. Mientras este movimiento no exista, cada obrero puede poner su ladrillo en los cimientos del edificio futuro, es decir, comprender —y difundir esta comprensión a su alrededor— que, incluso en un sentido estrictamente cotidiano, no tiene ningún sentido que el proletariado apoye a “su” burguesía en la guerra, ya que la clase dominante la utilizará inevitablemente para intensificar la opresión de la clase explotada (restricción de las libertades políticas, de expresión, de reunión y de organización, restricciones en la vida diaria, traspaso del aumento de los costes a la población, intensificación del régimen laboral, movilización forzosa) y sacará provecho para sí misma (redistribución de activos, aumento de la corrupción y de sus propios privilegios, incluso bajo el pretexto de clasificar como secretos datos antes públicos, enriquecimiento a costa de los contratos militares y la ayuda exterior, agravando aún más la enorme estratificación social generalizada).
IX. Las tareas de la lucha comunista La asimilación de la teoría marxista y de la experiencia de las batallas de clase anteriores del proletariado es una condición necesaria, pero insuficiente, para la lucha por la creación del partido comunista mundial. Vivimos en una época de maduración de las condiciones de la revolución comunista. La cuestión clave no es cuán rápido será superado el capitalismo, sino de qué manera. La vigencia de la vía revolucionaria no se cuestiona. El problema radica en cómo exactamente se desarrollará este proceso. La fuerza motriz de la revolución comunista es la clase de los trabajadores asalariados: la única clase revolucionaria de nuestra época. La tarea de los comunistas es generalizar y desarrollar las formas que adoptará su lucha, dirigiéndola hacia la abolición de la propiedad privada. Para ello, los comunistas deben participar en todas las manifestaciones de la lucha contemporánea del proletariado, por muy parciales y limitadas que sean. El partido comunista mundial está en constante vínculo con la clase de los obreros asalariados. Las condiciones objetivas determinan la profundidad y la amplitud de la actividad de la vanguardia política. Al mismo tiempo, no hay que olvidar que la lucha de clases se desarrolla simultánea, pero desigualmente, en varios frentes: económico, político y teórico. La tarea principal de la lucha en el frente teórico consiste en vincular y generalizar la experiencia de lucha de la clase de los trabajadores asalariados en el tiempo y el espacio mundiales. Es necesario crecer junto con la clase obrera, no de forma aislada de ella y, mucho menos, sustituyéndola. En el esquema del programa del Partido Comunista Internacionalista, presentado en septiembre de 1944, se exponen tesis que conservan su vigencia en la actualidad: «Nuestra línea política no estará influida ni por esquemas idealistas, ni por las teorías de la espontaneidad, lo que permitirá que la voluntad de lucha del partido coincida con la de las grandes masas cuando estas hayan expresado de forma generalizada la necesidad vital de la ofensiva revolucionaria para la conquista del poder. Pero la conquista del poder no puede tener lugar sin que previamente el partido haya conquistado la influencia sobre las grandes masas del proletariado. A tal fin, el partido precisa sus tareas de la manera siguiente: a) Las masas no se conquistan cuándo y cómo se quiere, si las condiciones objetivas no las ponen en movimiento; inútiles son las maniobras de los partidos tendentes a influir en ellas para obligarlas a actuar como por un golpe de varita mágica; b) El espíritu combativo de las masas —cuando se inflama en la lucha— traduce gráficamente el proceso de inestabilidad y crisis que atraviesa el aparato de producción del capitalismo, sus mercados y toda su organización política. En este momento el partido debe injertarse en la lucha y convertirse en uno de los elementos determinantes de ella, arrastrando a su órbita a las masas para unificar su energía y dirigirla a la consecución de objetivos precisos; c) El éxito de tal maniobra será posible en la medida en que el partido haya logrado crearse en las masas órganos permanentes de propaganda, proselitismo y agitación; en la medida en que haya logrado conquistar la confianza manteniéndose constantemente adherido a la vida del proletariado, a sus luchas y a sus reivindicaciones de clase; y, finalmente, en la medida en que haya demostrado que no ha engañado con agitaciones extemporáneas e insinceras, con huelgas vanas por la huelga, o con huelgas contrarias al espíritu y al interés de la clase». Si todos los representantes de las clases explotadas que precedieron al proletariado tenían la posibilidad de liberarse de su situación de dependencia individualmente, pasando a engrosar las filas de la clase dominante, desde que la historia moderna se convirtió plenamente en historia mundial, la emancipación de la clase explotada, la clase de los trabajadores asalariados, solo se hizo posible «en la comunidad real», «en su asociación y por medio de ella». Dicho de otro modo, la salida del capitalismo puede ser el resultado exclusivo de la acción colectiva del proletariado mundial. Después del capitalismo no habrá ni explotados ni explotadores. En las “Tesis sobre Feuerbach”, Marx expone las tesis fundamentales del materialismo dialéctico y, entre otras cosas, llama la atención sobre el defecto fundamental de todo el materialismo anterior. «La teoría materialista de que los hombres son producto de las circunstancias y de la educación, y de que, por tanto, los hombres modificados son producto de circunstancias distintas y de una educación modificada, olvida que son los hombres, precisamente, los que hacen que cambien las circunstancias y que el propio educador necesita ser educado. Conduce, pues, forzosamente, a la división de la sociedad en dos partes, una de las cuales está por encima de la sociedad». A esto le sigue la conclusión más importante: «La coincidencia de la modificación de las circunstancias y de la actividad humana sólo puede concebirse y entenderse racionalmente como práctica revolucionaria». La práctica revolucionaria solo puede ser aquella que se ha fundido indisolublemente con la teoría revolucionaria. Solo tal unidad de teoría y práctica constituye el movimiento comunista capaz de superar el estado en el que una parte de la sociedad se eleva por encima de la otra.
«¡Proletarios de todos los países, uníos!».
Enero de 2026.